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Hace unas semanas decidí cambiar el tipo de contenido que aparecía en mis redes sociales. La saturación de temas políticos y el ruido mental que generaba tanta “opinión” llegaron a un punto insoportable. Decidí silenciar a tantos sabios con recetas mágicas para cambiar el mundo y redirigí mi algoritmo hacia un destino más plácido y entretenido: la música.
No fue fácil. Quienes me conocen saben del peso que tiene la política en mi vida. Por eso, reducir el contenido informativo de mi dieta diaria me costó trabajo. Pero al hacerlo me reencontré con mi otro amor eterno: canciones, artistas, estilos y sonidos, algunos nuevos para mí, otros que simplemente había olvidado.
Regresé también a mi biblioteca y, con genuina ilusión, volví a toparme con un montón de libros que no abría desde hacía años. Sé que hoy todo está en formato digital o disponible en internet, pero yo todavía disfruto leer en papel. Será la combinación de sentir el peso del libro en las manos, olerlo (¿ustedes no huelen los libros?) y la posibilidad de rayar, subrayar, anotar, y perderse en pies de página y notas al margen.
Entre los títulos que he vuelto a revisar está The Trouser Press Guide to ‘90s Rock: 846 páginas con breves biografías y discografías completas de innumerables bandas de los noventa. Ese libro fue mi fuente de consulta muchas mañanas al aire en la radio en Bogotá, en la era pre-internet. También Postmodern Theory de Steven Best y Douglas Kellner, publicado en 1991. Entre los más recientes, Every Song Ever de Ben Ratliff, un libro notable que explora cómo el streaming y el acceso ilimitado a la música han transformado radicalmente nuestra forma de escuchar y propone maneras distintas de aproximarse a las canciones. Y Love Saves the Day de Tim Lawrence, que en mi opinión es uno de los mejores documentos para entender el origen de la cultura dance y la música disco en Estados Unidos durante la década del setenta. Hay más títulos, pero los dejo para otra entrega.
Volviendo a los ajustes en el consumo de contenido: tengo que reconocer que el cambio trajo sorpresas positivas que no anticipé. Me asombra, por ejemplo, la cantidad de personas que buscan orientación musical, que piden que alguien las guíe y les recomiende música nueva. Todos estuvimos ahí en algún momento: con ganas de escuchar algo diferente, pero sin el tiempo ni las herramientas para buscarlo. A diario leo publicaciones de personas pidiendo a sus seguidores o simplemente a quien esté del otro lado que los oriente. Algunos son específicos en lo que buscan; otros simplemente quieren acceder a música desconocida. Muchos van detrás de clásicos de los sesenta, setenta, ochenta y noventa. En general, este tipo de peticiones suele generar buenas respuestas y contenido de valor real; hay quienes aprovechan para recomendar sus propias playlists, una estrategia inteligente para mover audiencias hacia sus listados en plataformas.
¿Qué veo yo aquí que debería importarles a los artistas y sus equipos de promoción? Oportunidades. Las audiencias están ávidas de música nueva. La gente quiere acceder a artistas antes de que exploten. Hay una necesidad palpable de descubrir sonidos sin quedarse atrapada en los éxitos de siempre. Es una tendencia que puede ampliar el alcance y cultivar oyentes fieles, comprometidos desde el principio de una carrera. El reto, como siempre, está en tomarse el tiempo para promover los lanzamientos y expandir la base de fans.
Hay algo revelador en que la gente salga a las redes a pedir que le recomienden música. En un mundo donde supuestamente tenemos acceso a todo, lo que más escasea es alguien de confianza que nos diga por dónde empezar. El algoritmo te da lo que ya conoces. El buen selector te lleva adonde todavía no has estado. Esa diferencia vale más de lo que parece, y es, curiosamente, la misma razón por la que sigo leyendo libros físicos: no todo lo que importa cabe en una pantalla.


